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Las creencias son reglas internas con las que los seres humanos convivimos. Son guías de acción que nos dicen quiénes somos, qué podemos o sabemos hacer -y qué no-, en qué cosas podemos arriesgarnos y en cuáles no. En resumen, nos indican cómo movernos en la vida. 

Las creencias se presentan en nosotros en forma de frases cortas, diciendo dos grandes cosas:

  • Cómo es el mundo: Da información y afirma “el mundo es así”. Nos dice, por ejemplo: “Todas las mujeres son competitivas y malas”. O “Todos los hombres son iguales”.
  • Cómo debemos ser y hacer: Nos dicen, por ejemplo: “Tengo que ser profesional y estudiar una carrera universitaria”. O “Tengo que tener esta cantidad de dinero”. O “Tengo que tener mi propio auto”; “Tengo que casarme y tener hijos”…
Las creencias nos dicen cómo mirar el mundo.

El asunto con esta información brindada por las creencias es que es parcial, incompleta. Y en base a ella se marca la vara de lo que debe ser conseguido -porque si no lo hacemos, aparecerá el sentimiento de frustración. Al marcar el ideal a alcanzar, determinan nuestro éxito.

Las creencias tienen consecuencias.

Estas afirmaciones internas constituyen los lentes desde los cuales vemos el mundo ya  nosotros mismos: leyes que no concebimos como hechas por nosotros, pero que tienen consecuencias sobre nosotros -especialmente si no las cuestionamos-.

¿En qué consisten estas consecuencias? Veamoslo.

Al ignorar que se trata de una creencia, y pensar que es una verdad única e incuestionable, la creencia siempre al final se comprueba, se vuelve realidad. Y se comprueba porque ante la mínima acción, el mínimo atisbo de concordancia, asumimos como confirmada la creencia. Esperamos, inconscientemente, que suceda y omitimos las miles de otras acciones que NO se vinculan con esa creencia; porque nuestro cerebro busca esa confirmación.

Cuando una creencia afirma que deberíamos hacer algo y no lo hacemos, la consecuencia es la culpa. Sentimos culpa porque deberíamos estar haciendo eso o ser eso que no somos. Cuando las creencias no son cuestionadas, siempre nos devuelven al mismo lugar, al lugar de “LO ESTOY HACIENDO MAL”. 

Nuestras creencias, nuestra casa.

Todos habitamos la casa de nuestros padres, madres o cuidadores cuando nacemos. Y esta casa incluye muebles que alguien más introdujo en ella. 

Vivimos en esta casa -y la hacemos nuestra- durante mucho tiempo, pero llegado el momento es normal cuestionar si estos muebles nos gustan, si realmente queremos vivir con esos muebles o quisiéramos una casa decorada de forma diferente. 

Esta es la primera etapa de cambiar creencias: cuestionar si creemos en ellas o no, si nos gustan o no. Ponerles un signo de pregunta. Y empezar a quitar los muebles que no van con nosotros: “Esta creencia no va conmigo, este mandato ya no lo quiero, no me hace bien”. Y así, los muebles “heredados” quedan atrás.

La importancia de cuestionar nuestras creencias

Si este proceso continúa, llegará un momento en el que la casa tendrá solo unos pocos muebles. Y esta es la segunda etapa. Sabemos aquello que no queremos, pero no identificamos lo que queremos. Nos encontramos sin las creencias que nos regían, pero no sabemos bien aún cuáles creencias nuevas nos regirán de ahora en más. Es un momento de incertidumbre, y hay que soportarlo. 

Poco a poco iremos eligiendo nuestros propios muebles. Muebles que podremos ir cambiando miles de veces a lo largo de mi vida, pero muebles que al fin y al cabo, son escogidos por nosotros. Ya no serán los muebles heredados de otras personas, sino propios. 

A esta etapa de elegir, la llamamos madurez, adultez.

Y así, construimos nuestro mundo; nuestra propia verdad. Nuestro hogar de creencias.

Para ser adultos, maduros emocionalmente, hace falta habitar nuestra propia casa. Nuestro propio mundo. Nuestras propias creencias. Es necesario elegir nosotros mismos nuestros muebles. Entonces las cosas ya no nos pasan porque sí, sino que como adulto/a tomamos nuestras propias decisiones en función de lo que consideramos bueno para nuestra vida 

Por eso es TAN importante cuestionar nuestras creencias.

4 PASOS claves PARA CUESTIONAR NUESTRAS CREENCIAS 

1- Hacer conscientes nuestras creencias. 

¿Cómo? Anotar las leyes que rigen mi vida, me gusten o no. 

“Los hombres son todos iguales”

“Nunca vas a triunfar en el trabajo” 

“Siempre vas a ser un fracasado”

“Siempre vas a ser la fracasada de la familia”

2- Cuestionarlas

A cada creencia, es necesario transformarla en una pregunta.

¿Todos los hombres son iguales? ¿Todos? Constato con la realidad. 

¿Mi hermano, mi primo, mi papá, mi tío, todos hacen eso que yo creo?

3- Elegir cuáles son las creencias que queremos mantener, y cuáles desecharé.

No todas tus creencias deben ser desechadas. Cuestionarlas te permitirá ver con mayor claridad si esa creencia sigue siendo verdad para ti y quieres que siga rigiendo tu vida; o si, por el contrario, es momento de despedirte de ella.

4- Armar tu propio catálogo de creencias.

Una vez que has “limpiado” de tus creencias aquellas que ya no van contigo, pregúntate: ¿Cuáles son las creencias que yo elijo que rijan mi vida? ¿Qué quiero creer de mí? ¿Qué quiero creer del mundo?