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“El miedo es una valiosísima señal que indica una desproporción entre la amenaza a la que nos enfrentamos y los recursos con que contamos para resolverla. Sin embargo, nuestra confusión e ignorancia lo han convertido en una «emoción negativa» que debe ser eliminada. Norberto Levy

Hoy aprenderemos cómo amigarnos con el miedo, nuestro PROTECTOR INTERNO.

El miedo es, sin duda, una emoción universal. Tod@s hemos vivido esa experiencia, y, sin embargo, nos vinculamos con esta emoción con muchísimo desconocimiento e ineficacia. Ese desconocimiento se pone de manifiesto en la actitud de descalificación que las creencias culturales han generado, las cuales han convertido al miedo en una emoción indigna. Cuando se dice de alguien que no hizo tal cosa «porque tuvo miedo», suele hacerse con un tono—más o menos velado— de descalificación y desprecio hacia esa persona. 

Si observamos con detenimiento y sin prejuicios esta reacción, encontrará que el miedo es una señal que indica que existe una desproporción entre la magnitud de la amenaza a la que nos enfrentamos v los recursos que tenemos para resolverla. 

Norberto Levy

Entonces, como verán, el miedo no es el problema. El miedo está indicando que existe un problema, lo cual es completamente distinto a ser él mismo el problema. 

Por lo tanto, el error que cometemos es convertir en el problema mismo lo que en realidad es una señal que indica la existencia de un problema —y que nos daría la posibilidad de resolverlo. 

Nos dice Norberto Levy.

El miedo es la sensación de angustia que se produce ante la percepción de una amenaza. Y lo cierto es que todo miedo comienza siendo pequeño. Si yo lo escucho y lo asisto, si me cuido y le doy la atención adecuada, lo sano como miedo pequeño. 

Ahora, si yo lo descuido, y digo “no, mejor no lo escucho”, “no pasa nada, este miedo no tiene importancia”, entonces allí es que este miedo crece, crece y crece, y se transforma algún día en un miedo intenso que me toma por completo. Un ejemplo de este miedo intenso, es un ataque de pánico. 

Debemos descubrir CUÁLES SON LOS RECURSOS que debemos desarrollar, por los que el miedo se nos hace presente. 

Para entender todo esto mejor utilizaré una metáfora que explica Levy sobre esto: “El miedo es como la luz que se enciende en el tablero de mandos del automóvil que indica, por ejemplo, que hay poco combustible en el depósito. Tod@s sabemos que el problema no es la luz roja, sino que esa luz es un aliado extraordinario que nos informa de que hay poco combustible y necesitamos resolver ese problema. Por lo tanto, si hemos aprendido a aprovechar esa señal, cuando la luz roja se enciende, agradecemos la información que nos brinda y tratamos de resolver la situación que nos muestra: detenemos el coche en la primera gasolinera y revisamos. Aprovechamos la luz roja; no la acusamos ni la destruimos ni la convertimos en el problema, sino que la utilizamos para resolver el problema. 

Imaginemos que alguien dijera cuando se enciende la luz: «¡Estoy harto de esta luz roja que cada dos por tres se enciende y no me deja viajar tranquilo! ¡No me dejaré asustar por ella!» Obviamente nos quedaríamos con el coche detenido a mitad de camino por falta de combustible. 

Esto mismo es lo que solemos hacer con el miedo.

¿Qué es el miedo?

Veamos la explicación que da Levy sobre este mecanismo:

Todas las personas tenemos distintos instrumentos para enfrentarnos a amenazas y estamos sometid@s a la misma ley psicológica:

Si la amenaza supera nuestros recursos, surgirá el miedo. 

Las personas DISPONEMOS O NO de recursos para enfrentarnos a las amenaza que se nos presentan. Si una vez que nos retiramos, vamos a desarrollar los recursos necesarios, inevitablemente cuando los desarrollemos, enfrentaremos la amenaza de la cual nos alejamos antes. Y viceversa: Si quien se enfrentó a ella no hubiera tenido los recursos de que dispuso, habría sentido miedo y se habría retirado. 

¿Qué es eso del miedo? ¡Yo no siento miedo! 

La creencia social predominante, la que nos repiten desde que somos niñ@s, de manera subyacente a la mayoría de los mensajes que escuchamos es que: “El problema es el miedo. Si usted logra no sentir miedo hacia aquello que teme, verá que lo puede encarar y triunfar“. Se nos vende al miedo como una emoción negativa.

“Pura perturbación, y el recurso que le permita no sentir, será de gran utilidad para su miedo que debe ser desterrado”.

Como consecuencia, un recurso al cual se apela frecuentemente para no sentir miedo es la autosugestión: «Yo no siento miedo, yo no tengo por qué sentir miedo, no permitiré que esa emoción negativa me perturbe a la hora de hacer lo que deseo…» 

Otras formas del desconocimiento y la descalificación se expresan en las populares frases: «¡Hay que vencer el miedo!; ¡No seas cobarde, no tengas miedo!; ¡El miedo es signo de debilidad!; ¡Los hombres no tienen miedo!», etc. 

De todas ellas, la más descalificadora es el «¡No seas cobarde!». Equiparar miedo con cobardía es una de las confusiones que más daño producen.  Tal como se puede comprobar, explica Levy, el núcleo de la creencia que hemos presentado es: el problema es el miedo. ¿Ven? Todo comienza allí. El miedo es pura perturbación. Hay que tratar, por todos los medios, de no sentirlo, se nos dice.

Sea cual fuere la índole del peligro, si la amenaza a la que nos enfrentamos tiene un valor de ocho y los recursos con los que contamos para hacerle frente tienen un valor diez, no va a producirse miedo. Si los recursos que tenemos son de un valor tres, el miedo surgirá y será, precisamente, el indicador de esa desproporción. 

Puede ocurrir que efectivamente no tengamos miedo porque no experimentamos situaciones en las que haya una desproporción entre la amenaza y los recursos.

Pero también puede ocurrir que si por sentir miedo uno ha sido rechazado, descalificado, tildado de cobarde, etc., poco a poco vaya anestesiando la percepción de su miedo. Ya no lo registra y frecuentemente desemboca en el: «¡No tengo miedo!» Al no contar con esa señal, vamos contra el desafío sin reconocer qué recursos son necesarios para enfrentarlo, y si contamos con ellos o no.

Quien así actúa es quien mejor conoce el resultado final más frecuente: acabar estrellad@ contra los desafíos, con más heridas que logros. 

Así es que habrán notado que SENTIR MIEDO ES NECESARIO. Nos protege.

El miedo siempre siempre comienza siendo pequeño. Ahora, ¿Por qué crece? Bueno, cuando hemos aprendido a escucharlo y asistirlo, tratamos de suprimirlo, de taparlo, de negarlo. En ahí donde tratamos de negarlo donde el miedo crece y se transforma, o bien en ataques de pánico, o en el miedo encapsulado alrededor de un tema, que es lo que llamamos fobia

¿Cómo calmamos entonces al miedo?

Nuestro aspecto miedoso se calma cuando es escuchado con respeto, para ver qué tiene para decirnos, como el resto de las emociones. Cuando nuestra parte miedosa siente que lo que dice es genuinamente tenido en cuenta.

“Si escuchamos lo que el miedo nos dice, tomamos en cuenta en qué estado se encuentra y de qué modo podemos ayudarlo a equilibrar la relación recursos-amenaza, transformamos a nuestra parte temerosa en una colaboradora activa y fundamental”

(Levy, 1999) 

Bueno, y ahora que ya sé todo esto pero aún tengo miedo…

¿Qué pasa si no escuchamos al miedo?

Si no lo escuchamos, se pondrá en marcha un círculo vicioso: nuestro miedo cada vez pronosticará situaciones más y más catastróficas, pero lo hace, en el fondo, para ser escuchado; y eso mismo es lo que hace que lo escuchemos menos y pierda credibilidad como consecuencia de sus propias exageraciones. ¿No?

MIEDO FUNCIONAL Y MIEDO DISFUNCIONAL

¿Qué hacemos con el miedo? ¿Cómo lo sanamos?

Veamos: tendríamos entonces, como de cada emoción, un modo FUNCIONAL y uno DISFUNCIONAL de verlas.

El miedo disfuncional es aquel que angustia, inhibe, desorganiza y bloquea la posibilidad de experiencia y aprendizaje. ¡Este es sobre el que debemos trabajar!

Por el contrario, el miedo funcional es aquel cuya angustia es utilizada como señal que muestra una desproporción entre el peligro a que nos enfrentamos y los recursos de que disponemos, y que además pone en marcha la tarea de reequilibrar esa desproporción. 

Curar el miedo, entonces, es transformar el miedo disfuncional en miedo funcional. 

El aspecto miedoso se calma cuando es escuchado con respeto, y cuando siente que lo que dice es genuinamente tenido en cuenta. Cuando nos ponemos en marcha para desarrollar las herramientas que éste nos pide.

Escuchar a nuestro aspecto miedoso y respetarlo no significa consentir en todo lo que el aspecto temeroso diga o haga: Escucharlo quiere decir reconocer que existe y tratar de conocerlo lo mejor posible, más allá de que nos guste o no lo que percibimos. 

Respetarlo significa reconocerle el derecho a estar como está. Saber que, dado el entorno psicológico en que existe y los recursos con que cuenta, la respuesta que está produciendo el aspecto miedoso es su mejor respuesta posible, independientemente de cuánto nos agrade. Saber también que tenemos el derecho de expresarle todos nuestros desa- cuerdos pero sin imposiciones. 

Ejercicio práctico

Ejercicio práctico de INDAGACIÓN PERSONAL

Vamos a realizar un ejercicio práctico que propone Norberto Levy para trabajar con el MIEDO:

Instalate cómodamente y concedete unos minutos de intimidad para formularte algunas preguntas. Disponete a aprender de las respuestas que surjan. 

Dirigí tu atención hacia tu interior, tomá algo para anotar, y comenzamos.

  1. Identificá con claridad y precisión qué te asusta, a qué le tenés miedo (la soledad, la exclusión, el rechazo, el abandono, la burla, etc.) Escribilo.
  2. Observá cómo es el aspecto tuyo que siente ese miedo, es decir, cómo es tu aspecto temeroso. Si podés dibujalo sobre un papel o mentalmente. Dibujá la figura humana que mejor lo refleje, eso te va a ayudar a percibir mejor las características de tu aspecto miedoso. 
  3. Imaginá que ese aspecto está delante tuyo y observá qué reacción emocional te genera verlo y qué opinás de él. Decíselo mentalmente o en voz alta, como si iniciaras un diálogo. Al hacerlo, estarás encarnando el papel del evaluador interno del aspecto miedoso. 
  4. Una vez que te hayas expresado desde ese rol, imaginá que podés ponerte, por un instante, en la piel del aspecto temeroso. Notá cómo te sentís al escuchar lo que el evaluador interno le dijo. 
  5. Fijate, además, qué es lo que necesitarías recibir, tanto en palabras como en acciones, de parte de tu evaluador interno, para sentirse genuinamente ayudado a crecer y fortalecerse. 
  6. Continuá este diálogo interior todo el tiempo que necesites hasta que ambos personajes (que viven adentro tuyo, y son parte de tu personalidad) recuperen el vínculo de cooperación eficaz que les corresponde por ser miembros del mismo equipo. 

Y sobre todas las cosas, recordá siempre que estás constituid@ por los dos. Norberto Levy nos aconseja tratar de familiarizarnos con ambos aspectos nuestros, a fin de reconocerlos en nuestra vida diaria con más facilidad y rapidez cada día, para darnos cuenta en qué momento actuamos desde nuestro aspecto temeroso, y cuándo lo hacemos desde el evaluador interno.

Analizando cómo es, momento a momento, la relación entre ambas partes. 

Cuanto más solidaria y cooperativa se hace esa relación, más se disuelve el miedo disfuncional. Saber emprender correctamente la retirada no es signo de debilidad sino de fortaleza.

En la medida en que nos vamos ejercitando cotidianamente en el arte de llevar a cabo estas tareas psicológicas interiores, el miedo recupera su perdida dignidad original y vuelve a ser la valiosísima señal de alarma que es. 



Les agradezco muchísimo por llegar hasta aquí.

Espero puedan comenzar a construir un sabio juzgador interno que colabore con su miedo.

¡A escuchar a nuestros miedo y darles lo que necesitan se ha dicho!

Les abrazo,

Marina.