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Explorando la emoción del ENOJO.

Hoy vamos a hablar del enojo, desde la mirada de Norberto Levy, psicólogo Argentino que habló incansablemente del poder de las emociones. Vamos a empezar diciendo que el enojo es una de las 5 emociones básicas. Si se acuerdan del capitulo anterior en el que abordamos el enojo, recordaran que las dividimos en 5. Las Placenteras: amor y alegría, y displacenteras: el enojo, la tristeza, y el miedo.

Y acá hay una confusión, que es crucial a la hora de trabajar con la parte enojada de cada uno de nosotros. Ya sabemos que las emociones mal llamadas “negativas”, por ser displacenteras, quieren ser evitadas. Solemos rechazarlas, perdiéndonos de sus funciones. Al igual que todas las emociones primarias, el enojo cumple una función vital. Vamos a detenernos acá porque la función del enojo es poner limites a quien quiere agredirme, traspasar una línea, un espacio propio. Puede ser espacio físico, emocional, vincular. Un espacio propio. Cada vez que se propome pensar al enojo como algo negativo, y por lo tanto, limitarla, rechazarla, también se nos propone perder esa función.

Hay 2 niveles en el enojo:

  1. La experimentación del enojo
  2. La expresión del enojo.

El primer nivel tiene que ver con cuanto yo puedo experimentar el enojo, y el segundo nivel tiene que ver con cómo yo expreso o no este enojo en el vínculo con quien me enoje. Y hay dos maneras disfuncionales que aparecen con la propuesta que se le hace a alguien enojado.

¿Que se le propone a la persona que haga con su enojo? Vamos a referirnos a dos que, tomando la teoría de Norberto Levy, son disfuncionales.

¿Que se le pide a la persona que haga con su enojo?

Se le propone que no experimente ese enojo. Que no lo sienta. Se le propone que no experimente para que no lo exprese, es la frase típica del “no te enojes”.

Ahora, el enojo, no es una decisión de la voluntad. Si una circunstancia me enoja, yo no puedo DECIDIR no sentir esa emoción, no enojarme. Lo que puedo decidir es no expresarla. Pero esto no es no enojarme, es anestesiar ese enojo.

Cuando entramos en el intento de no enojarnos (no EXPERIMENTARLO) a lo máximo que puedo conseguir es anestesiar la experimentación del enojo, y si intento no contactar con ello, esto tiene consecuencias en mi. Como el enojo tiene la función de poner limites, primera consecuencia, no pongo límites. Entonces el otro puede invadirme. Si yo no puedo poner límites y puede invadirme, puede empezar a invadirme en mi casa, en mis vínculos, en lo que opina o no opina de mi. Y yo habito cada vez más y más un lugar reducido. Quien se propone no experimentar el enojo le pasa que su ámbito esta mas reducido. O no se vincula con el otro, o termina sometiéndose. En el vinculo con el otro es parámetro es el otro. Esta es la primer forma de abordar de manera disfuncional al enojo: intentando NO CONTACTAR con el enojo.

Pierdo la función del enojo, y dejo que el otro invada mi espacio. Es decir, La segunda consecuencia es que pierdo fuerza. Fuerza para desarrollarme, sostener opiniones y valores, para defender lo que deseo y lo que no deseo. Quedo debilitado en los vínculos por no enojarme. Cuando alguien intenta no enojarse, en el vinculo con el otro termina SOMETIENDOSE. El parámetro es el otro, ya no soy yo. Yo quedo sometido/sometida. Esta sería la primera manera disfuncional de abordar el enojo: INTENTAR NO CONTACTAR CON EL ENOJO, “NO ENOJARME”.

Ahora, y siguiendo con la idea de las polaridades Junguianas, hay otro polo que es disfuncional, y esto es: una segunda forma de lidiar con el enojo de manera disfuncional: lo actúo de manera agresiva. El primer polo era no sentir el enojo, no conectar con el, y la segunda forma (es decir, el polo opuesto a este) es actuarlo de manera desmedida. Y esta segunda forma disfuncional es que así tal cual como lo siento, tal cual como lo experimento, lo expreso. Es decir que cada vez que me enojo, con la intensidad y en la forma, lo expreso tal cual así: acá hay otras consecuencias. Porque si cada vez que algo me enoja, independientemente de cuanta razón tenga mi enojo, sin importar la violencia de mi enojo, y expresándolo al otro así tal cual lo siento, tendremos otras consecuencias.

Una de las consecuencias es que SIEMPRE necesito un enemigo con quien pelear, siempre necesito pelear, no concibo estar sin pelear contra alguien, y finalmente, siempre me siento VICTIMA del otro del cual tengo que defenderme, y con el cual tengo que pelear para no sentirme víctima. Siempre me siento victima de alguien con el cual enojarme.

¿Qué quiere decir esto? Que cada vez que me vinculo de esta manera, siempre me estoy rebelando ante el otro.

En la primer forma es: Siempre me estoy sometiendo al otro. Y acá, siempre me estoy rebelando ante el otro. ¿Y por que es interesante esto? Porque acá, en cualquiera de los dos casos, hay un niño ahí atrás que se esta expresando. Hay algo propio de nuestra infancia puesta en ese enojo o no enojo.

En la niñez, la regla es someterse al otro para ser aceptado -hago todo lo que el otro quiere con tal de ser amado/amada-, y en la adolescencia, la regla es rebelarse ante el otro para reafirmar mi identidad. Para que el otro lo valide.

Estas dos maneras de habitar el enojo, o de trabajar con el, tienen un denominador común: Se confunde experimentación con expresión: en el primer caso NO se experimenta para no expresar, y en el segundo caso todo lo que se experimenta se expresa.

Volvamos a esto para que quede mas claro, es decir, en el primer caso, quien se somete al otro NO sintiendo el enojo, NO quiere experimentarlo (sentirlo) para no expresarlo, y en el segundo (quien expresa todo de manera desmedida) NO pone filtros, sino que expresa tal como lo siente. Si hay un enojo furioso, se expresa así.

En ambos casos experimentación y expresión hay un igual entre las dos. Acá entonces, entramos en: ¿Que significa enojarse?

Y vamos a tomar la mirada de las escenas matrices.

La experimentación y la expresión del enojo son DIFERENTES. Es distinto EXPERIMENTARLO/sentirlo y EXPRESARLO/actuarlo.

Y acá la propuesta es EXPERIMENTAR, que no es expresar, sino CONECTAR con el enojo, sentirlo, hacerle lugar en nosotr@s. Conectar y honrar el enojo que tengo adentro, y después hacer un proceso para poder DETERMINAR en cuánto de este enojo corresponde a la situación que me enoja, y cuánto es mío.

Esto no es fácil y en general no podemos hacerlo solos. Es decir, si yo me enojo 10 ¿Cuánto de carga tiene la situación realmente, mirándola desde afuera? ¿Tiene 2, tiene 7, tiene 10? ¿Cuánto tiene?

En general, lo que experimentamos es más, o menos, de lo que en realidad está sucediendo. Podemos poner el ejemplo de alguien que quería ser invitado a una fiesta a la que un conocido de el no invitó. Es decir que quedó afuera de dicha fiesta. Ahora, cuando se entera que no es invitado, no sólo se enoja, sino que quiere matar al cumpleañero, aparece en él una furia incontrolable.

El enojo de esta persona es 10, si uno mira el estimulo diría que puede ser 5, 6. ¿Esta mal que el se enoje 10? No. Ahora, ¿Tiene que ir y pegarle a la persona que no lo invito a la fiesta de cumpleaños? Tampoco. ¿Tiene que esconder este enojo que la situación le genera? No. ¿Y entonces? ¿Qué hace con esto?

Hay que honrar estos 10 del enojo y hay que poder entender cuanto le corresponde a la situación. Por ejemplo: A esta situación le corresponde un 5 de enojo.

Bien, ¿A que corresponden los otros 5 puntos de este enojo desmedido?

Y entonces, nos daremos cuenta que los otros 5 no le corresponden a esta persona que hace la fiesta de cumpleaños, sino que le corresponden a una o varias escenas que tienen que ver con la propia historia de la persona. 

Y entonces, en terapia, llegamos a escenas -que generalmente son infantiles- en las que cuando éramos niños/as por ejemplo, le pedíamos a papa o mama que jugaran con nosotros, y ellos, por estar ocupados o por la razón que fuera, nos decían que no, y continuaban con lo que estaban haciendo. De la misma manera que esta persona ve ahora a esta persona que lo rechaza, o no lo mira, no invitándolo a su fiesta.

Es decir, esos 5 de enojo que le sobran a la escena actual, corresponde a esa escena infantil.

La experimentación es siempre digna.

Todo el enojo que yo experimento es digno de estar donde está. Pero, ¡Debemos diferenciar lo que SÍ corresponde ahí, y que No! Y trabajar lo que NO corresponde a esa escena. Porque entonces, en la expresión vamos a poder expresar el enojo de manera adulta, no siendo un niño sumiso, ni un adolescente rebelde. Sino el enojo ADULTO (del que hablamos en el primer podcast del enojo). Y bueno, veamos entonces qué es esto de expresarlo de manera adulta.

El enojo adulto y el enojo infantil

El enojo infantil es un enojo desordenado. No se puede quedar en el centro. Esta todo el tiempo saliéndose de su centro. Me salgo de mi. Mientras que el enojo adulto es ordenado. Todo el tiempo estoy en mi. Desordenado y descentrado el infantil, ordenado y centrado el adulto.

El enojo infantil esta dirigido a la persona en sí, en cambio, el enojo adulto esta referido a la conducta de la persona, no a la persona en sí. Cuando me enojo de manera adulta me enojo con la acción que la persona llevo a cabo. El enojo adulto es respetuoso de la persona, se enoja con la conducta, no con la persona en si. Por eso, se dice que el enojo adulto respeta a la persona, en cambio, el enojo infantil no, tiende a ser agresivo con la persona. En general, el enojo más infantil es más agresivo, porque está dirigido a una persona. El enojo adulto puede tomar muchas formas, puede ser expresado en un chiste, en un “me parece que no”, en un me voy a ir de acá, en un limite puesto en una frase o en la acción de no ir a tal lugar, o de irme de otro lugar. El enojo infantil es agresivo.

El enojo infantil tiene al otro, al agresor, como FOCO. En cambio, el enojo adulto no tiene al otro como foco, tiene esa parte mía lastimada por el otro como foco.

Cuando el otro me agrede, agrede una parte mía. El enojo adulto tiene como foco esa parte mía, e interesa defender a esa parte mía, NO agredir al otro. El enojo adulto tiene la misma fuerza que el otro, mientras que el enojo adolecente siempre tiene menos fuerza, porque si bien grita, termina siempre pidiendo la validación del otro, siempre termina necesitando y pidiendo a gritos que el otro lo valide.

Mientras que el enojo adulto es un enojo que no depende del otro, pone el limite. El enojo adolescente discute para acordar algo, el enojo adulto informa: “Me voy de acá”, “No quiero formar parte de esta conversación”, “Hasta acá llegué”. Pone límite. Podemos discutir para ver si podemos ponernos de acuerdo, pero en última instancia quien decide es uno mismo, y aquello que me enoja no va a seguir pasando porque yo voy a poner el limite. El enojo adolescente intenta ganar, en cambio el enojo adulto sólo busca poner limites.

El enojo adulto sólo puede ir ganándose a medida que trabajamos esas escenas de antes, que hacen que el enojo anterior vaya bajando. Todo eso que yo no trabajo de las escenas anteriores, probablemente haga que yo me enoje con ese otro, de la misma forma en que me enojaba con mi mamá o mi papá allá atrás en mi infancia. Pidiéndole al otro, validación. En terapia, vamos a la infancia para sanar allá, pero también trabajamos en la relación actual para poner el limite en esa relación de hoy con el otro, HOY. Tiene que existir esa doble vía.

En resumen, es necesario decir que sentir el enojo sin juzgarlo es imprescindible para sanar. El trabajo con el enojo no se termina acá, pero hasta acá el artículo de hoy.

¡Nos encontramos en el próximo artículo!

Marina.